La grave situación que atraviesan miles de familias jujeñas en la actualidad dejan al descubierto una problemática que si bien data de largo tiempo, en los últimos días se acentúo de manera exponencial producto del aislamiento obligatorio impuesto por los gobiernos en la lucha contra la propagación del coronavirus. El hambre golpea a las clases más vulnerables y las organizaciones sociales, empujadas por la incansable militancia toman nuevamente protagonismo.

Para ellas, las organizaciones sociales, la emergencia es en verdad su cotidianidad. Trabajan en asistencia a comedores, merenderos, clubes, hogares y por caso barrios enteros desde siempre y sin horarios. Y hoy, son quienes están en la calle acercando un plato de comida, un abrigo o un elemento de limpieza o seguridad e higiene a los vecinos que reconocen el acercamiento.

Adquieren acaso mayor relevancia las acciones de estos días, pues los cientos de voluntarios y voluntarias entienden que con su tarea se exponen a situaciones de riesgo de contagio del virus COVID-19 u otras enfermedades como el dengue; y saben además que deben a la vez soportar en muchas ocasiones acusantes interrogatorios por parte de las fuerzas de seguridad. Sin embargo, nada los detiene en su afán por colaborar, así sea momentáneamente, con quienes más lo necesitan.

La situación de los más vulnerables se agrava actualmente por la imposibilidad de ejercer el comercio o hacer las “changas” diarias que les permitan llevar lo esencial a sus hogares. La enorme mayoría, por no decir la totalidad de estas personas, están inmersas en la economía informal. El gobierno deberá realizar un mayor esfuerzo por establecer protocolos de sanidad que permitan asistir a esta enorme parte de la población jujeña y a las organizaciones barriales que hoy llevan todo el trabajo con esfuerzo (y recursos) propios.